LA CASA DE LA LENGUA
Luz Pichel
En el mundo que habitamos, ¿qué poesía
haremos que no sea silencio, desmemoria, banalidad? ¿Hacia dónde mirará nuestra
escritura? ¿De qué modo nos ayudará a construirnos? Ella, que ningún poder
ostenta, no se resigna a quedarse quieta aunque sólo sea por puro sobrevivir. Una de las cosas que la poesía puede hacer
es okupar la lengua. La poesía
puede ocupar la casa de la lengua (¿del lenguaje, mejor?) consciente de
que se trata de un espacio del común.
Ocupar para que entre gente, para crear comunidad, abrir puertas a los que no
les han dado entrada en esa casa de todos argumentando que la lengua no les
pertenece porque “no la dominan”, “no la controlan”. Dominar, controlar,
¿qué les parece?
Las diferentes casas lingüísticas (¿sería
mejor decir casas del lenguaje?) se encuentran unas con otras, pared con
pared. A la casa propia le salen cobertizos, pajares, gallineros, galpones.
Cabemos entonces los de nuestra lengua y los de otras, visitantes, inmigrantes,
refugiados, turistas, seseantes, pobres, políglotas... Acoger no debería ser el
problema. En cambio haría falta organizar nuestra experiencia individual y
colectiva, y nuestra energía, individual y colectiva, también como poetas, para
dirigirlas en un sentido que contribuya a disolver las estructuras de dominación
lingüística que colonizan las casas de las lenguas. No hablo sólo de lenguas
colonizando otras lenguas sino de las estructuras de dominación que colonizan
la vida dentro de cada lengua y que se parecen mucho unas a otras. Ellas son,
dicho sea de paso y como quien no quiere la cosa, las mismas estructuras de
dominación que colonizan las Economías, las Sanidades, las Educaciones. Son las
mismas estructuras de dominación que deciden la desigualdad social global.
La poesía vino para crear conflictos dentro
de la lengua, para destartalar sus normalidades. ¿Hay poesía sin agitación
lingüística? Y no se trata de un capricho sino de aclarar los sentidos ocultos
que la normal transparencia lingüística de la lengua estándar, cualquiera que
sea esa lengua estándar, nos escamotea. Pensemos, por poner un ejemplo bien
simple, en el sentido posible de la traducción de as árbores por las árbolas
(la poesía nos permite tal cota de libertad que sólo por eso habría que estarle
agradecida de por vida): hay conflicto ahí, hay revuelta, se destapa algo que quería quedar invisible. Pero las
lenguas no tienen voluntad, hay alguien por encima de ellas que se encarga de
ocultar o iluminar, según le conviene.
Situarse en la frontera es irse a un lugar
desde donde es posible crear más libremente. En mi caso, esa frontera, social,
lingüística, es un lugar, un lughar, cuyas tierras trabajé con esfuerzo, con
cansancio y con dolor; cuyos animales cuidé con trabajo, amor y gratitud; cuyo
pan horneé con ancestral consejo y comí con hambre de postguerra; cuya lengua
aprendí y hablé consciente de que era la lengua de los pobres. La de los ricos,
el castellano, la hablábamos en raras ocasiones y no muy académicamente. Le
llamábamos despectivamente “castrapo”, convencidos de nuestra “torpeza”. No hay
idealización en la memoria ni la hay en el presente. Era una vida casi
imposible. También la de hoy deja mucha ruina detrás.
A mí me parece que cuando escribimos
sabemos que estamos construyendo un artefacto que cuenta con nosotras un poquito,
sólo un poquito, pues dirige nuestro trabajo hacia objetivos muchas veces
imprevistos. Todo cuanto in-corpo-ramos a lo largo de la vida sale sin pedir
permiso ni consultar demasiado. Sale más de lo que pensamos que está saliendo.
A lo mejor sale menos de lo que pensamos. O sale otra cosa, un dibujito raro.
En los cruzamientos entre dos lenguas se producen extrañas apariciones que la
poesía puede incendiar para que salte la chispa de otra armonía. El poema tiene
la libertad de usar las dos lenguas y de inventar pues estamos en un lugar sin
ley. ¿Hay poesía sin invención de lenguaje?
Las lenguas normativizadas toman
demasiadas decisiones por la persona que escribe, obligan, dirigen. Son fuertes
instrumentos de poder. Y el poder, es bien sabido, se apropia de la palabra y
la hace blanda, dúctil, para que obedezca a sus mandatos, la pone a su
servicio. Algunas poéticas, al utilizar esas lenguas sin
someterlas a conflicto alguno, las vuelven transparentes, consiguen que el
lector no las vea. Así tampoco se ve lo que ellas se encargan de esconder con
todo el cuidado, con todo el interés. No sé, no sé si habría poesía sin
agitación lingüística. No sé.
Versión en galego de “A casa da ligua”
en din
din don y más hortensias azuis
(Cartonera del escorpión azul, de
próxima aparición).